Para que sirvieron las
firmas de convocantes a “la constituyente” el año pasado? ¿Cuántas firmas hacen
falta para que comience “la transición”? En cambio la derrota en las
parlamentarias o una posible emergencia de extrema izquierda remacharían las
cadenas de López y el alcalde Ledezma, por no pensar peor. Es triste que
quienes desean ser líderes no entiendan algo tan simple. A muchos los mordió el
mismo bicho que a los opositores de Juan Vicente Gómez cuyos desacuerdos,
invasiones, alzamientos fallidos y divisiones, facilitaron crear un régimen de
miedo que duró 27 años hasta su muerte. Pero siempre existe la posibilidad de
que algún pajarito hable hoy a varios aspirantes a líderes y les haga
comprender la dramática necesidad de bajar a tierra y enfrentar unidos y sin
más inventos el reto electoral inmediato. Mientras la gente se dispersa en
ocurrencias geniales como la salida, la constituyente y ahora la transición,
más se aleja la posibilidad de materializar la única tarea real que procede.
El único freno visible a una
perspectiva totalitaria es el triunfo electoral de las fuerzas del cambio. No
hay otra llave. De no ser así viene un abismo insondable, que no se sabe dónde
cae. Desde antes de 1928 -fecha de un gran acontecimiento opositor- existieron
grupos que concebían la política en términos modernos y que intentaron fundar
sindicatos y partidos, pero también iluminados dispuestos a romperlo todo si no
giraba alrededor de sus ocurrencias mesiánicas y equivocadas. En otra banda
estaban los grupos tradicionales de caudillos y ex caudillos que convertían sus
peonadas en pequeños ejércitos y querían resolver las cosas con más barbarie.
Algunos creían que el sol de la libertad vendría en desembarcos y otras
operaciones espectaculares y heroicas pero siempre trágicas.
El
caudillismo ruge
Había los que se contentaban
con hacer “clubes políticos” para reunirse a discutir y elucubrar en los medios
ilustrados, especie de twitter de los años. Divididos y enfrentados, odiaban
más a sus compañeros con desacuerdos que a la dictadura. Esos fraccionamientos,
recelos, envidias y odios ayudaron a Gómez a reinar hasta su muerte. Por
fortuna Rómulo Betancourt, el más importante pensador democrático, estratega y
líder latinoamericano del siglo XX se propuso aplacar la insensatez con
partidos políticos estructurados, ideológicos, claras normativas de
funcionamiento y dedicados a organizarse y promover movimientos sociales
democráticos. Pero el caudillismo rugía en plena transición (transición de
verdad) por los graves errores de AD, Copei, URD y la falta de experiencia
política del maestro Rómulo Gallegos.
Nació y murió la dictadura
en 1958 y la experiencia de entre 1945-1948 hizo que Betancourt se dedicara a
meter en cintura dos factores esenciales en la caída de lo que él llamó “el
experimento democrático”, Caldera y Villalba, y por eso nace el Pacto de Punto
Fijo de octubre de 1958. Ese fue un acuerdo para conducir la transición e
impedir que los militares que habían derrocado a Pérez Jiménez regresaran al
poder, o que lo hiciera la izquierda radical. Betancourt promovió una alianza
amplia que incorporó a casi toda la sociedad, partidos, empresarios,
sindicatos, clero, y a su vera se hicieron varios pactos, como el Programa
mínimo común de gobierno, el Pacto obrero patronal y laConstitución de 1961,
entre otros. Ese acuerdo para la transición de verdad, -aunque nunca se llamara
así-, tenía sentido porque ya la dictadura había caído y se vivía efectivamente
una transición.
Acuerdo
de los que piensan igual
Y revestía un rasgo
esencial: no era una operación entre minorías que pensaban lo mismo -no fue el
caso del niño que solo sabía leer en su libro- y se extendía a los partidos que
habían desestabilizado a Gallegos. Betancourt pudo sobreponerse al odio, el
resentimiento y el rencor por los sucesos recientes, para asegurar el porvenir.
El liderazgo político creó una ola de optimismo y fe en el futuro que presidió
la época, el espíritu del 23 de enero, basado en la Unidad, la idea de que
vendría algo esplendoroso. Lo que se aprecia hoy, al contrario, es una arremetida
a fondo del poder para segar los espacios democráticos que se mantienen a duras
penas, el encarcelamiento y la amenaza contra dirigentes democráticos,
violencia contra jóvenes estudiantes, el avance del poder total, y luce
surrealista hablar de acuerdo para una transición imaginaria.
La urgencia es llamar a
votar en las primarias opositoras y en las elecciones, darle esperanzas a la
ciudadanía e incluir la mayor cantidad posible de sectores. El acuerdo
pertinente debe dirigir su mensaje hacia los grupos sociales reticentes a la
alternativa democrática, que con frecuencia tienen buenas razones. Debe
terminarse con los juegos florales, y las exigencias del momento claman por
reacciones serias y maduras. Se vive un salto vacío en la oscuridad pero hay una
enorme posibilidad de ganar las parlamentarias. Las diferencias surgidas sobre
la transición ilusa reverdecen la ponzoña de que hay opositores buenos y malos,
honestos y deshonestos, colaboracionistas y radicales y promueven la división y
el abstencionismo ¿Transición? ¿Cómo, cuándo, dónde? Son fantasías y el
documento que debía presentar la alternativa en su totalidad debería ser para
llamar a la gente a votar. Hay una gran posibilidad de conquistar el Poder
Legislativo para comenzar a superar una crisis que amenaza con el caos.
@CarlosRaulHer
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